martes, 1 de enero de 2008

Tamborcito mágico



“Hey, ‘siñor, siñor’, quiero tocar, ‘dejime’ tocar pué”. Ricardo Rojas y esa combinación de ímpetu e inocencia se abrían fácilmente el paso ante cientos de adultos aglomerados en torno a una ceremonia protocolar, aburridos del habla libretesca y diplomática de un político de obeso físico y negra piel. Yo, anfitrión de poca experiencia y presto siempre a romper los protocolos, no podía negarme.

Pum, pum, pum, empezaba Ricardo. Cargaba un tamborcito de piel de oveja que su padre, un esforzado agricultor del caserío Penintay le había confeccionado con mucho esfuerzo hacia cinco años, cansado de intentar juntar las 50 monedas de sol que costaban el bendito instrumento en la tienda del señor Melles, la mas surtida de Lucma.

Pum, pum, pum, continuaba el rítmico sonar de Ricardito, que, cual flautista de Hamelín, convertían en serviles ratones de su ritmo a la muchedumbre, ahora silente y concentrada al desparpajo de un mocoso de seis añitos, camisa sucia y raida, pantalón cantinflas y yanques pelados.

”Soy agricultor a mucha honra lo soy…” decía el primer párrafo de la letra de su canción. Una suerte de himno en un poblado donde el 85 por ciento de habitantes trabajan la tierra desde llegada la adolescencia. Como Jonás y Julia, los orgullosos padres que no dejaban de señalar los movimientos de Ricardito mientras reían emocionado por las notables condiciones artísticas del cuarto de sus hijos.

Pum, pum, pum… dale con el tamborcito que ya suena muy fuerte con el apoyo del micrófono inalámbrico que de poco servía en manos del político gordo y negro pasado a segundo plano. Clap, Clan, clan, rompen los aplausos intentos, muy sonoros y desordenados pero sinceros de la muchedumbre. Todos se han olvidado el motivo de la reunión, ahora sólo comentan el atrevimiento del tamborillero, que ni enterado del asunto y terminado su actuación, suelta el juguete en manos de su padre y larga con destino a la placita del pueblo a jugar con su “manchita”. Pum, pum, pum, suena mi corazón.. emocionado…

viernes, 7 de diciembre de 2007

Paloma herida



Como los cuerpos inertes que devuelve el mar esa paloma que negó el cobijo del ave de cresta hoy quiere volver. Sus alas están quebradas, su alma débil, su vuelo intermitente. El lado derecho de su pecho sido golpeado por un cazador furtivo, de esos que sólo juegan con la presa, no la aniquilan pero tras el gozo de tenerla, se divierten, la aprisionan hasta casi ahogarla y luego le permiten respirar y le alcanzan un falso cariño para después volver a lo mismo. Sólo explotan las ansias de protección de un espíritu herido…

Ella, quiza arrepentida, ha retornado su vuelo, se ha dado cuenta que siempre quiso al ave de cresta y hoy busca su mirada, su atención. Otea su contexto, lo vigila con un maquillado aire de indiferencia.

Pero, vaya ironías, la noche ha caído sobre el cielo de posibilidades de la hermosa y triste paloma. Ya es muy tarde para ella. El ave de cresta planea en sentido contrario, se da cuenta que la ha dejado de amar. Su corazón lo guia hacia un horizonte muy lejano pero que asoma brillante…

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Las sonrisas más hermosas



Día 1:
“De Huu.. cajanga, ssssi”, “Ocho annn...ios… Tes.. Pie..das”...
A las 7 p.m. del miércoles 13, horas antes de ingresar al quirófano del Hospital Belén, Solver y Zoraida intentan ser elocuentes a las impertinentes preguntas de un tipo que pretende ser amical, agradable, bonito (muy difícil, eh), antes sus nerviosos ojos. Quizá, pese a sus cortos e ingenuos años, ya presumen que se les vienen unas horas algo complicadas tras el largo y misterioso viaje que hicieron hasta Trujillo: de doctores con tenazas sobre sus caras, de artefactos luminosos, de cuartos llenas de camas y gente enferma. De mucho miedo.

“Sool..ver”, vuelve al intento el varoncito. No pronuncia bien su nombre. Pero su corazón si es nítido en pureza. Nos mira con incertidumbre abrazado a Luisa, la asistenta social que ya se ganó su confianza. “Ven Zoraida, acércate para la foto, vas a salir linda”. Y la pequeña asiente. Abraza a su compañerito como queriéndole dar ese ánimo que a ella parece sobrarle. Su última placa antes de la intervención quirúrgica, antes del cambio… Suerte, mucha suerte...

Dia 3:
Han pasado cuarentaiocho horas desde que ingresaron al hospital más antiguo de Trujillo. Solver está más distante aún y ya mis intentos por ganarme su confianza me resultan ridículos. Zoraida en tanto, no deja de quejarse por el dolor que le causan las costuras dentro de su paladar. Son lamentos son muy tenues, casi silentes, como no queriendo, pero prolongados. Y es que, sabe, por boca de sus padres que le acompañan en la fría habitación del nosocomio, esos hincones son parte del proceso hacia su rehabilitación tras la intervención para reconstruir su paladar hendido o labio leporino. Males necesarios que les llaman. Los primeros que, probablemente, le espera a esta serranita de humilde morada y pobreza que duele, en lo más recóndito de Huamachuco.

Día 4:
Es lunes y los vuelvo a ver en el patio principal de la empresa donde laboro. El contexto es totalmente diferente al del sanatorio de días atrás. El recinto luce pleno de alegría, sobrante de una ternura que dos pequeños comuneros de Huancajanga y Tres Piedras con ropa nuevita distribuyen sin mezquindades. Ahora ríen sin temores y no quieren taparse la carita, gritan fuera de reparos y hasta piden fotos mientras se preparan para su retorno a casa.
Yo... no atino a nada... su alegría es demasiado pago para mi... sólo los miro, absorto...

sábado, 17 de noviembre de 2007

60 segundos...

Hoy hace dos días que te visité. Encontré tu hogar vestido de flores y una hermosa manta verde sobre el piso de tu ventana. Y te confesé mis alegrías y penas. Y te pedí consejos. Y rogué por todos. Y me escuchaste, como siempre.

Y observé, como no había ocurrido antes, una tarjeta de fondo rojo adherida a una rosa del mismo color que decía “Para una mujer extraordinaria”. Y no pude evitar las lágrimas… “Sólo un minuto” exclamé desde mi interior, desde mi corazón agitado y emocionado. Sólo 60 segundos quisiera. Y nada más, Hacedor. Bastarían para plasmar en un infinito abrazo cuanto amor te profeso y curar esa nostalgia que me abordan cada vez que te recuerdo, mi querida madre.

Y te diría “Te amo” una y otra vez. Y esa frase portaría todas mis afectivas intenciones: las ganas de llevarte a un viaje a Europa añorado; de cogerte de la mano, cruzar el cielo y reunirte con tus padres, mis abuelos; de convocar a toda la familia y cenar a tu entorno, de llevarte a conocer tu nueva casa, que lograras abrazar a tus añorados hermanos, de aconsejar a tus hijos y besar a tus hermosos nietos… Sólo 60 segundos, Hacedor.

domingo, 4 de noviembre de 2007

De cine y nostalgias

Hola, blog. A las 00.37 a.m. del domingo he retornado a mi oficina. Estuve en el cine, en ese túnel de dos horas que tanto me sirve para aislarme de las presiones del día a día.

Pero esta vez no pude tanto. La trama de la película (¡tragedia y romance!) y el adicional de decenas de parejas con caras de felicidad y dos mensajes de texto llegados al celular, me fueron dirigiendo hacia una estación tan inoportuna para mi realidad: la nostalgia de amar.

Entonces, reparo en que son ya 20 los meses sin compañera. Más de 500 los días en que no he vuelto a enamorarme y varias las ilusiones frustradas en torno a alguna dama que supuse era mi complemento. Y vuelvo con la cantaleta: ¿deberá ser así, tan complicado y prolongado el proceso hacia la consecución de un amor verdadero?, ¿o será que debo quedarme solo?, ¿exagerado soñador o vuelto un pobre tipo superficial?, ¿por qué estos ataques de soledad tan frustrantes?

Y es que así como veo las cosas, las palabras del inefable Zavala parece se harán tangibles en mi persona. “Cuñadito, tanto que no te decides con nadie te vas a quedar solo” me enrostró hace unos días en una profunda charla respecto de amores y penas.

El, aunque sin trabajo estable, una casa propia o consolidación profesional posee el más grande de los tesoros: un hijo. Y bueno, hasta una mujer –no la madre de su pequeño pero compañera al fin- que lo quiere… Mi envidia es su gloria. Ya pues mamá, no lo permitas. Chau, blog.

domingo, 21 de octubre de 2007

Un reencuentro con Eloy


Caminando por la calle Pizarro, en un centro de Trujillo muy soleado y de muchedumbres sin descanso, lo divisé. Su figura delgada y morena, su andar rengo y la cabecita desproporcionada a su débil cuerpo me resultaron inconfundibles. Se había instalado en la primera cuadra de aquel jirón que funciona como paseo peatonal y, cual felino que marca su territorio, caminaba de ida y vuelta en un tramo de 10 metros, intentando distribuir unos folletos promocionales a los apurados peatones que abordaba sin distingos. Ida y vuelta, ida y vuelta.

Analizandolo, detallándolo a lo lejos, en primera instancia no quise llamar su atención. Pero, que bah, pudieron más mis ansias por saber como estaba tras mucho tiempo sin verlo. Y emprendí el retorno a su punto.

A Eloy Rojas Aguirre lo conocí hace 10 años, cuando daba mis primeros pasos periodísticos en un diario local de cierto prestigio. Su entrenador, César Idrogo, un ex futbolista y reconocido profesor de Educación Física, me había conversado sobre dos atletas especiales de una capacidad tal que se habían titulado campeones nacionales y ganado la representación peruana en el Mundial de Atletas Discapacitados que se disputaría en Dublín, Irlanda. Uno de ellos era Eloy, el otro Carlos Menchola. Uno muy flaco y negrito, el otro, blanco y entrado en carnes; pero ambos muy elocuentes y cálidos. Días después, los cité en el estadio Mansiche y, vestidos con las camisetas de sus clubes preferidos, les hice un reportaje que mereció buenos comentarios ese entonces, pero sobretodo, la alegría sincera de dos jóvenes con enorme talento.

“Hola amigo, ¿cómo estás?”, fue su cariñoso saludo con apretón de manos de por medio y sonrisa desbordante, exagerada. Y es que Eloy no ha perdido esa ternura tan natural en personas con Síndrome de Down y que cautivan al más fiero. Así, fue fácil convencerlo de almorzar juntos en el restaurante Romano, a pocos metros del lugar. Más aún si le encanta la papa a la huancaína acompañada de una gaseosa helada.

Natural de Huarás, donde vive su padre dedicado a la venta de ganado, el hincha de Alianza Lima (¡eso es lo único que no me gusta en él!) nos comentó que ha dejado su humilde casita y colchón de cartón en la urbanización La Noria y hoy vive con los padres franciscanos de la iglesia San Lorenzo. Allí, en el recinto de entre las calles Colón y Ayacucho, tiene una cama acogedora y el afecto que quizá no está acostumbrado a recibir dentro de una sociedad tan superficial e indiferente a personas de su condición. A cambio realiza labores de apoyo como ayudante de cocina, mozo o cualquier chambita eventual en la calle, tal cual lo descubrimos, ese día de verano.

“A `Calalo` (Carlos) ya no lo veo, ni me interesa saber de él, y el atletismo ya lo dejé, ahora me dedico por entero a mi trabajo”, expresó, cuando le preguntamos por su amigo de épocas atléticas y cómplice de las ingenuidades más inverosímiles para 'anormales' como nosotros pero comunes en seres nobles y especiales como ellos. ¿Te acuerdas cuando corría los 200 metros 'Calalo' en un torneo y, por gritarle, tú, desde la tribuna junto a una chica hermosa, él dejó de correr y empezó a mostrarle su musculatura a la niña, eh?, ja, ja.


Charlamos de todo un poco. La pasamos muy bien. Y a mí me sirvió, como siempre espero, de combustible para el alma de un tipo dramaticamente romántico.

En la despedida, nos recordó que su madre, Luisa, vive una quinta cercana a la plaza mayor y siempre lo visita en la iglesia. Y además, confesó que su referido reportaje en las páginas centrales de La Industria,  lo guarda en un baúl con cuatro llaves y por eso me saluda efusivamente cada vez que me ve. "Es que yo no olvido, nunca”. Ok. Eloy. Yo tampoco, nunca. Y gracias por tu ejemplo.

lunes, 15 de octubre de 2007

El temor a la felicidad



Hoy lo creo más que nunca: los grandes sueños o metas siempre están asociadas a grandes temores. Miedos tácitos, lógicos y crédulos. Fantasmas generados en la necesidad de que, a puertas de concretar la que sientes como la más grande de tus ilusiones, no quieres imaginar ni el más ínfimo riesgo de que se desvanezca y quede en eso: una mera fantasía. Hoy me sucede, nítida como el rayo de luz en un negro cielo o el aullido del lobo en una noche silente, clara como el sol de primavera o el tronco del ébano sobre un manto de nieve.

Hoy entiendo a Romeo y su incredulidad a tanta felicidad en la tragedia de Shakespeare. Palpo su alegría mezclada con temor cuando veo una bella imagen en la ventana de mi computadora, también al escuchar una hermosa voz a través del hilo telefónico o, mi Dios, cuando cierro los ojos y veo a dos seres enamorados y abrazados a su pequeño hijo divisando un horizonte limpio e iluminado.

Empero, más debe poder mi fe. Y es que, en ese andar hacia el paraíso, no tengo enemigos como el Montesco. Sí, en cambio, una gran aliada: ella está arriba, a la diestra del Hacedor…