viernes, 16 de enero de 2009

Mi amor, Soledad

Nunca, desde abrazar mi adolescencia, me gustó estar solo o mejor dicho, sin amor. Y así igual tuve que pasar mucho tiempo sufriendo. Era un colegial aparentemente feliz pero que guardaba una muy bien maquillada envidia de la suerte de los amigos que salían del colegio provistos para recoger a sus respectivas enamoradas o peor, aun, que odiaba, resignado y angustiado, cuando felices parejas en ropa escolar se perdían en el largo de la vereda tomados de la mano. Hoy creo incluso, que el fútbol fue mi catarsis amorosa, el desahogo de pelota y gol que mejor encontré para consolar mis penas románticas ante tamañas angustias, ante esa soledad y abandono. Ante esa tristeza furiosa que, muchos años más tarde, se resiste a abandonarme pese a mis denodados esfuerzos...



“Lo que pasa que mi hermanito busca la mujer perfecta: alta, hermosa figura, muy inteligente, triunfadora y reservada… eh, no sabe que esas chicas ya no existen…” explicaba mi hermana a la corta audiencia familiar el pasado 27 de diciembre, justo el día de mi cumpleaños. Jorge, uno de los primos, había tenido la inoportunidad de preguntar si algún día me casaría y así que Giovanna encontró el escenario ideal para montar su escena metiche: “… dicen que ahora estas con una doctora eh… pero que es un poco bajita no?, lo importante es que sea buena chica… pero no te apures a casarte, tranquilo nomás…”



Para esa fecha tenía a alguien a mi lado, pero, como en la gran mayoría de casos, no duró mucho. Y como en todos los casos, fui el que propició la ruptura. Y como en todas las veces, porque llegado en un momento se desvaneció mi ilusión, porque sentí que ya no amaba. Entonces, es ahora que me doy cuenta que probablemente, sea la soledad mi mejor compañera, que es ella la única amoldable a mis cambiantes estados de ánimo, mis dudas constantes e intermitencias pasionales. Que mi amar es como el tren de madrugada en Ollantaytambo: pasajero, inconstante.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El drama de los 33


Hace unas horas, aprovechando que he llegado al Cusco, cansado de un pesadísimo viaje y que la noche se me haga infinita sin hacer nada, leía un artículo respecto del valor que la imagen personal ha adquirido dentro de las relaciones humanas. Diversos ponentes exponían conceptos muy diversos pero, finalmente, llegaban a una severa conclusión: hoy, si en el sentir de los orientales la vejez es sinónimo de nobleza, para los occidentales, osea nosotros, resulta algo así como una muerte terrenal, un infierno que debemos asumir en vida y no cuando estiremos la pata y sepamos quien nos da cabida sea San Pedro o Luzbel.

¿Y por qué se me ha ocurrido comentar esto?, pues porque, este, y, umm, bueno… carijo, debo reconocer que me ha entrado mucha preocupación por mi acceso a una edad que hace unos años miraba con la indiferencia propia de un tipo que gozaba siendo activo, alto, ligero, algo atractivo y sobretodo, se sentía efectivamente muy joven. En cambio hoy, me veo al espejo y mientras mi frente se agranda y los pantalones me ajustan, unas leves patitas de gallo se forman en el rabillo de mis ojos y los cachetes se redondean como bizcochos serranos al tiempo que la balanza me advierte que la digestión se hace lenta porque hace rato que pase los 30!…

Y entonces, me pregunto, ¿a que rayada se la habría ocurrido decir que pasado la base tres los hombres se ponen más interesantes? Nooooo! ¡Cremas hidratantes y bloqueador solar por favorrr!

sábado, 18 de octubre de 2008

¿¡Todavía no tienes hijos!?



Probablemente a quienes superan la base tres les pasa comúnmente. Más aún si en su normal entorno habitan algunos sobrinos pequeñines de irresistible encanto y decenas de adultos coetáneos que cargan niños en brazos y que, si no nos relatan con entrañable gozo el placer de tener hijos, nos enrostran a cada rato esa deprimente pregunta: "¿tienes hijos o todavía?" , "¿ya eres padre o aún no?"

A mi me pasa de tanto en tanto y la verdad, cada vez me resulta más complicado asumirlo sin que el desconsuelo y las nostalgias por parejas con las que me hice extremas ilusiones paternales me aborden. Y continuamente me pregunto cual será la razón de esta necesidad casi angustiante y tan repentina también. ¡Si hasta hace unos años de sólo pensar en hijos me ocasionaba ahogamientos! Y las respuestas abundan, pero no atino a saber cual será la verdadera.

Y bueno, por el momento me consuelo con darle algunos caprichos a mis sobrinos -como Alejandrita, la hija de mi hermano mayor, Manuel- o intentar ver en algún humilde niño que se me cruza en el camino al hijo que, espero, algún día tendrá que soportar a un padre medio loco. Sólo espero, mientras esa hora llega, no seguir encontrando esos amigos de mucho tiempo que te ametrallan con esas preguntas tan inoportunas "¿carajo, que todavía no tienes hijos oye?"

viernes, 3 de octubre de 2008

Testimonio triste


Hace varias jornadas que no me siento frente a este blog. Es más, tampoco pensaba hacerlo hoy. Sin embargo, navegando dentro del mar de información noticiosa de la internet como hago cada mañana, salté a una ventana de testimonios de un bloguero peruano y leí un relato que sentí tan cercano a mi como la zanahoria al conejo. Esta historia plasma la tristeza abundante que sufre el tipo por no encontrar el amor. Relata que su clímax depresivo lo alcanzó el día que la mujer de su vida le confesó, en un intento de él por conciliar, que ya tenía nuevo novio y le devolvía sus objetos amorosos más simbólicos: una foto, un libro de poemas y una camiseta estampada con el rostro de ambos. Vaya tragedia.

Hoy, él continúa buscando esa pareja de fantasía que perdió en Ana Lucía. Pero sin suerte. Y cada vez que descubre un nuevo fracaso, los recuerdos de esa noche de despedida de su doncella eterna terminada con llantos incontenibles en una banca de un parque limeño a horas de madrugada, lo asaltan.

En mi caso, la historia es parecida. Sigo pensando que perdí a una mujer de otra latitud, que hubiera significado sino la mejor esposa del mundo sí una compañera ejemplar para un tipo tan inestable, que con ella nunca hubiera debido preocuparme por los valores que recibieran mis hijos o la fidelidad de sus acciones. Pero también sé que las decisiones de mi madre son siempre atinadas. Y que si JM no está conmigo es porque ha sido lo mejor para ambos.

Sin embargo, no dejo de ser golpeado por las depresiones del amor y esas me trasladan inevitablemente a su hermoso recuerdo. Y caigo en un infierno sin fuego, pero oscuro, donde vago a tientas y creyendo encontrar salidas que luego resultan trampas hacia el vacío. Ni saber que dejó de ser la dama tierna, angelical y solidaria alcanzan para el consuelo. Ni tampoco reconocer que dejé de amarla. Vaya tragedia.

sábado, 30 de agosto de 2008

Mamata


“He tenido que dedicarme los pocos días de mi estancia aquí a ordenar la situación, ponerme al día en muchos aspectos legales, ver a mis pequeños… disculpame amigo por no haberte llamado, pero tu sabes que te recuerdo siempre y junto a mi hijo mayor valoramos lo que has hecho por nosotros…. te quiero mucho compadre, suerte en todo”

Que poca oportuna forma de despedirse de dos tipos que tanto han remado juntos… cuanta nostalgia acumulada en solo cinco minutos de parla… que cagao que podemos ser a veces los humanos… Todo esto se me ocurre a propósito de la inesperada llegada -y salida- de Manuel Martinez Tang a Trujillo.

No sé si puedo calificarlo como mi amigo del alma o simple pata nada más. De lo que sí estoy convencido es que “Mamata”, apodo como le conozco luego que aperturara su línea de correo digital hace un par de años, me resulta una suerte de hermano lejano, la sangre que reconocí al tiempo, pero sobretodo, un tipo que conjuga mis mayores solidaridades y esto, para un necio leal a las depresiones y penas como quien escribe, es bastante.

A Manuel lo conocí en la universidad, a mediados de los noventa. Chato porte y carácter jovial, de entrada me pareció un tipo digno de las mayores consuelos dado el difícil trance que soportaba a menudo en los pasillos estudiantiles: su pareja lo golpeaba. Además, era porvenireño, como yo. Tenía 22 años, como yo. Era huérfano de madre, como yo. Y le gustaba la literatura, como yo. Así, hemos caminado mucho tiempo juntos, muy a pesar que hacia caso omiso a mis constantes consejos de cambiar de enamorada.

Un día, justo cuando lo tenía de asistente temporal en una empresa temporal, el muy pendenciero fregó todo: embarazó a Jesica – el fruto fue hermoso, claro está: Renzo, mi ahijado- y aceptó casarse con una chica que, buena o no, nunca lo entendía. Hoy, varios trabajos y mismas frustraciones, llantos extremos, situaciones cardíacas, conflictos y broncas de por medio, Mamata tiene tres hijos, uno de ellos fruto de una relación extramatrimonial, en tanto Jésica se buscó otra pareja hace algunos años y lo acosa judicialmente exigiendo derechos que ha perdido.
"Es imposible conciliar amigo, ella sólo exige dinero y dinero, no me queda otra que esperar el proceso", me explicó, lamentándose, en una charla que sostuvimos meses atrás, vía internet.

Por estas horas el también hincha del club Universitario – como yo- retorna a España, a donde viajó hace tres años hundido en la desesperación y en busca de soluciones para sus hijos. Allí, radicado en Barcelona, labora como limpiador en una corporación médica y percibe un sueldo digno que le ha permitido capear el temporal. Además, dice haber conseguido la chica de sus sueños, una hermosa catalana de 21 años, y la estabilidad que tanto necesitaba. "Gracias a Dios por eso, compadre. Que tengas un hermoso viaje y Dios te bendiga, chau"

"Ah, y también te quiero mucho", inefable Mamata.

miércoles, 27 de agosto de 2008

¿Dónde estás, corazón?


Esta noche, mientras intentaba observar un programa de cable, las ansias de ser feliz han alcanzado el límite extremo superior del vaso. Amenazan con desbordarse y me obligan, como una suerte de catarsis inevitable para aliviar mis depresiones, a dirigirme a la PC y concentrarme en el teclado. Entonces, me pregunto si soy ese uno entre la humanidad, el condenado a vagar en búsqueda de ese encanto amoroso. De ese sentimiento sublime que tantas veces me ilusiona y tantas igual me da portazos sobre el rostro y altera mi tranquilidad hasta condenarme al zombismo prolongado, de horas tras horas buscando mi auténtico papel en este bendito valle.

¿Acaso es tan sacrificado encontrar el verdadero amor?, es más, ¿si es el más hermoso de los sentimientos porque, entonces, deberían herirse corazones en el camino hasta hallarlo?, ¿es justo eso?, vuelven las preguntas como una vieja lesión que recrudece.
Ahora fue K la portadora de mis ilusiones. Tan tierna, noble e incondicional…. pero tan insegura de amar y justo frente a un tipo plagado de depresiones y muy voluble en sus sentimientos. Como deseo una respuesta definitiva –para bien o mal- que me permita concluir esta amargura…

jueves, 7 de agosto de 2008

Lucho, el loco... y yo


Hay ocasiones en que quisiera estar al margen de mi conciencia. Que, abrumado por las responsabilidades laborales, esclavo de en un sistema al que no me adapto y, peor aun, preso de un ser desbordado en devaneos, melancolías y búsqueda de su alter ego afectivo, quisiera olvidarme de todo. Vivir sólo yo y mi circunstancias. Sin obligaciones, sin sesiones de trabajo y agendas recargadas, sin pagos de fin de mes o viajes cansados, libre, loco… como Lucho, el singular orate que conocí en "Hawai"…

El caserío, cuya geografía está muy lejos de compararse con la paradisiaca isla pero que en calor humano bien podría sacarle varios cuerpos de ventaja, se ubica a una hora de Jaén, en un desvío dentro de la ruta que une esta ciudad con San Ignacio. Allí llegué a bordo de la fiel camioneta Toyota Hi Lux y el firme volante del gordo Raúl, el ingenuo cómplice de mis estrategias en toda esa cálida zona cajamarquina.

Y no teníamos ni cinco minutos dentro de la comunidad cuando se nos acercó el perturbado de marras. Cual oficial receptor de las visitas más burguesas, de pantalones descuartizados y amarrados a la cintura con una deshilachada soga, zapatos negrimarrones y pelados como un perro sarnoso, nos saludó con excesiva diplomacia, me miró como quien analiza un buen plato de carne y, tras algunas cavilaciones que ya mataban mi paciencia y mi incrédula mirada, dio la venia para estacionar nuestra camioneta a un costado de la losa deportiva donde se realizaba el certamen motivo de nuestra visita.

A esas alturas el recinto estaba atestado de gente así que, metidísimo en su ilusa responsabilidad de 'jefe de seguridad' del evento, el enjunto de vieja camisa celeste y gorra cubierta de barro seco no dudó un instante en repartir golpes con su improvisada cachiporra - un viejo tubo de PVC - para abrir el espacio que requeríamos mientras reía con excesivo sarcasmo a cada cachiporrazo que se mandaba.

Lucho tiene una mirada dócil y triste sobre una piel tostada a causa del inclemente sol y marcada por el paso inexorable de los años. Sus manos y brazos, negros, están cubiertos de escamas producto de una enfermedad dermatológica que, según los lugareños, asimiló a consecuencia de dormir en una covacha cerca al corral de chanchos del pueblo. Esa afección y su obvio desequilibrio sicológico que traslada con un caminar patuleco y una risa permanente, son las únicas informaciones objetivas que se tienen de él en el pueblo. Después nadie sabe a ciencia cierta como apareció por esos lares.

Dicen que un día, hace dos años, amaneció por el lugar y nunca más se fue, que tiene 40 años o más, que a ratos llora como sufriendo por la nostalgia. Quizá en "Hawai" sólo prolonga una etapa oscura iniciada quien sabe cuando, quizá alejándose de trágicas escenas, quizá huyendo de una realidad espantosa, quizá frustrado por no lograr su sueño de policía y portar una original cachiporra y un uniforme impecable, quizá rehuyendo de una responsabilidad que no desea y lo volvió chiflado o, quizá, porque no, lo volvió libre y menos triste … Como quisiera estar loco, a veces…