miércoles, 7 de julio de 2010

El barrendero


El otoño te puede parecer romántico hasta que te ves aquí, tratando de barrer las puñeteras hojas que se quedan pegadas al suelo como calcomanías en cuanto caen dos gotas”. Así me desmontó una barrendera el encanto de la estación más literaria, cuando una madrugada de hace cinco años la acompañé en su tarea diaria de dejar como una patena el paseo de María Cristina.

No es que antes no hubiera reparado en el trabajo de los basureros, no, siempre me ha gustado observar otras vidas, como una posibilidad real de lo que uno podía haber sido, pero es cierto que caminar durante horas con una pareja de barrenderas y escuchar la idea que del comportamiento humano tiene quien se dedica a limpiar la mierda que, sin remordimiento, vamos dejando a nuestro paso, me hizo entender la verdadera naturaleza urbana. Los barrenderos renuevan la ciudad a diario para que unos la pisen con respeto y otros la degraden o la desprecien. “Mala gente que camina y va apestando la tierra”, los versos de Machado se podrían aplicar a la guarrería humana en su aspecto más literal.

 Es posible que quien no recoge la caca del perro tenga su casa reluciente, que quien tira el condón usado por la ventanilla del coche no lo dejara en el suelo de su habitación o quien deja un casco de botella en un banco jamás lo hiciera en su sofá. Madrid ha vivido en estos días agitada por demasiados acontecimientos. En un sola tarde, el Orgullo Gay y el partido del Mundial transformaron la ciudad en un escenario carnavalesco. Madrid, tan cimarrona, tan mundana, lo soporta y lo potencia, ahora, me preguntaba yo, ¿es necesario que cada manifestante lleve detrás a un pobre barrendero? ¿No sería más económico que cada uno, en esas circunstancias, sacara el barrendero que todos deberíamos llevar dentro y no llenara las calles de porquería? ¿No somos tan solidarios?

Elvira Lindo. Diario El País. España.

viernes, 18 de junio de 2010

Reflexiones paternales


De la convivencia con mi padre, que no es corta, hay algunos aspectos que debería resaltar. Y bueno, siempre lo hay dentro de más de 10 años de vernos las caras y compartir tanto. Pero, no son tan grandes como para superar, y debo admitirlo, esa marca de fábrica que resulta imborrable en él: su carácter pesimista.

En mi viejo, conviven sentimientos tan claros como antagónicos y emergentes según las circunstancias: alegre, carismático y reilón… pero también amargo y negativo. Cuantas veces, desde que falleció mi madre, lo he escuchado reírse como un loco pero, en mayor medida, quejarse y lamentar una suerte que, vaya ironías, en otros resultaría motivo de tranquilidad. Pero su carácter disidente se lo evitan, pues. El siempre le buscará lo malo a las situaciones al menos que estas resulten muy convenientes para sí. Egoista. Nunca un abrazo fraterno, nunca un consejo paternal… sus buenos gestos aparecen cuando de materialismo se trata.

Pero es mi padre y así lo quiero. Por eso lloré con rabia contenida hace cuatro días en el área de emergencias del hospital Víctor Lazarte cuando cayó abatido por una sobredosis de Isorbide, un medicamento que le suministraron para recuperarse su estabilidad sanguínea. Eran las 10 de la noche, lo habíamos trasladado en correrías hacia el nosocomio por unos fuertes dolores en el pecho y, minutos después, junto a mis hermanos mayores sufríamos de verlo tan vulnerable. Es que ya cumplió 81 años y el tiempo le pasa la factura a una vida algo desordenada. Chulaco, como le llamo de cariño, es hipertenso, tiene las rodillas maltrechas a consecuencia de una severa artrosis que lo obliga a tomar corticoides y forzar a su débil corazón hasta sobresaltarlo como un motor de vehículo antiguo.

Pasado ese terremoto, el doctor Jesús Bendezú, cardiólogo de reconocido prestigio a cuyo consultorio lo llevé hace dos días, le ha dado una prescripción que debe cumplir fielmente por el resto de sus días. Cuatro captopril, una amfidipino y una aspirina diaria, sumada a una pastilla de meloxicam cuando sus rodillas lo agobian. Adicionalmente, le han prohibido consumir alimentos que contengan sal o grasa. Y recién ayer pudo dormir sin problemas. Igual que yo. Fuerza, Chulaco que, a pesar de todo, este pobre errático te quiere mucho.





martes, 1 de junio de 2010

Ilusión...


Siempre he dudado a la hora de elegir cual ha sido la mujer que más he deseado en la vida. Mi ideal. La que sueño. Esa que copa todas mis expectativas ilusorias y completa la escena del matrimonio fantástico donde soy protagónico y vengo vestido de frac. La pregunta, como resulta obvio, me la han hecho no pocas veces, como también ocurre con las del sexo femenino respecto de cual es su hombre pleno.

Y no ha sido sino hasta muy reciente data que, entre tantas vacilaciones y memoria frágil, entre Jenifer Lopez, Ornella Mutti, Sandra Bellucci, la peruanísima Cati Caballero y hasta la carioca Paloma Fuccia, me di cuenta que no había otra como Olenka Zimmerman…

Dios, cuantas veces quedé pasmado con su belleza entre angelical y diabólica, con su mirada de ángel y figura de fuego. Cuantos sueños, cuantos pensamientos, cuantas hojas con su rostro. Y hoy, cuando termino mi rutina de revisión de noticias de cada mañana, mi rubia de cuarenta y uno – hace 25 años la veo y resulta como el vino- recién revelo esa característica que la hace diferente, ese detallito que saca ventaja frente a una sociedad repleta, saturada - como ella propia responde-  de mujeres hermosas, y que no sabía diferenciar, quizá absorto por su belleza : intelecto.

Nunca en portadas escandalosas o conflictos de callejón, nunca calata por rating, menos siendo blanco de guionistas que buscan cerebros huecos en cuerpos hermosos, mi Olenka ha sabido llevar un perfil sino bajo sí cercano al respeto, la clase, al valor que una modelo profesional, con hijos y buena reputación ha llevado desde sus comienzos, hace más de 20 años. “Mujeres hermosas hay por todos lados así que… me gusta leer buena literatura, hacer deporte, bailar, tomo uno que otro trago y hasta fumo como una chica normal pero muy medido pues tengo asma… busco una belleza integral… guapa por fuera y por dentro”. Por eso te quiero tanto eh. Pero, eso sí , nunca, jamas, como adoro a mi Debora, mi monjita querida!

Lástima que el Pelo Madueño – al menos más feo no se puede ser y es un consuelo- me ganó la partida.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Debería estar feliz...


Que ironías. Debería estar estar feliz. Debería sonreír hasta el llanto o saltar hasta el desgarro por haber encontrado, casi inmediato a una relación tan tortuosa, alguien que, con sus defectos claro está, me da la paz que hace mucho no encontraba.
Irreverente, espontánea, aprendiz de cocinera y muy comprensiva, Vicky me acuesta sobre un sofá de terciopelo en un tren de medianoche: lento pero calmo, seguro. Debería soñar todo el tiempo ante su mirada enamorada y su apoyo incondicional, sonreír cuando me abruma de confianza y entiende mis quehaceres.
Pero, que ironías, no puedo. “Te quiero niña pero no” dice la letra de una canción de Alejandro Sanz. Al menos ahora, no.

Su dedicación casi de madre, su cariño incombustible, no alcanzan. Y es que por más grande que el océano sea o mas infinito el universo, nada subsanan esa nostalgia que, vaya paradojas, no es una tristeza tampoco, me envuelve tras lo que mis ojos han leído. Se me va, con pruebas formales en municipio limeño, se me va. Y no tengo ímpetus para lucharlo.

Resignación, consuelo o una satisfacción vestida de melancolía, lo que vivimos me huele al sol de tarde en el océano o luna en su clímax: mágico mientras duró… pero, sin fuerzas que lo prolonguen, debe acabar y renovarse. Por el bien de ambos.

Y lo acepto, porque mi egoísmo no puede ganar la lucha o negar el derecho de ser feliz. Porque quien amó de verdad sólo busca la felicidad de ese ser especial: con uno o sin mí. Y porque, paradojas, gracias a Dios y mi madre, no es tristeza lo que siento. O en todo caso, mi pena no es lo suficientemente sentida como para alterarme.

Que seas la mujer más feliz del mundo y formes la familia más hermosa mi mayor recuerdo de amor.

Y la luna se aleja, apagándose ante un nuevo amanecer. Un despertar que, espero, me encuentre vivo, dispuesto a querer sin remilgos sabiendo que las ataduras del pasado ya casi se cortan.

martes, 20 de abril de 2010

Mundo de locos


Cuando alguien me pide una opinión sobre lo que está ocurriendo en nuestro planeta, yo suelo repetir una definición que, no por simple, deja de reflejar lo que realmente pienso y siento: “Estamos todos locos”. Lo creo, lo creo firmemente, y lo confirmo cada vez que tengo la oportunidad de internarme en algún tema o en algún sitio que antes desconocía. Todo se parece, más de lo que debiera, a una enorme conspiración contra la vida.

A una suerte de pacto tácito para confirmar que la especie humana ya ha excedido el tiempo que le fue otorgado para ufanarse de que gobernaba la Tierra. De nuestras potencialidades –que son muchas y variadas– hemos optado por las más destructivas. De nuestras emociones hemos dejado crecer desmesuradamente la codicia en detrimento de la compasión y la solidaridad. No es que la mayoría de los seres humanos se incline por la destrucción: simplemente hemos estructurado un sistema que nos ha superado y que nos lleva a ella, y del que nada indica que podamos librarnos.

Somos prisioneros de nuestras propias creaciones y, salvo un siempre posible cambio inesperado, seremos las víctimas de nuestra irrefrenable imaginación. Los ejemplos llenarían una biblioteca.

No hay campo, incluido el de las investigaciones científicas, que no termine orientado hacia el polo negativo en la brújula de la supervivencia. Me hablarán de nuevas medicinas y lo celebraré, pero luego me dirán cuántos se beneficiarán con las mismas y terminaré avergonzado. Me hablarán de nuevas armas para mantener la paz y reiré hasta que las lágrimas se transformen en gemidos y logren ahogarme. Me hablarán de los fabulosos avances en los medios de comunicación, y la imagen de un hombre cada vez más aislado, neurótico y solo ensombrecerá el asombro. Me hablarán del ecumenismo religioso y callaré porque aún respeto a los que disfrutan haciendo humor y contando cuentos.

Me hablarán de democracia y libertad y no podré evitar que mi cerebro imagine los símbolos que la representan y, menos aún, podré evitar una enorme sensación de vergüenza y derrota al sentir que la institucionalización de la mentira ha penetrado y corrompido lo más profundo de nuestro propio imaginario.

Me hablarán de justicia social y, entonces, invitaré a quien lo haya mencionado a salir a la calle para echar una mirada, con los ojos de esa justicia, al entorno que le rodea. Me hablarán de los esfuerzos por preservar el medio ambiente y allí, también, mi carcajada terminará en lágrimas que me harán arder los ojos. Me hablarán de libertad de prensa y solo podré mencionar las poquísimas excepciones que la confirman como un bien en vías de extinción o como un vil negocio en vías de expansión.

Repito: Estamos todos locos, incluido quien escribe pensando que diciendo y escribiendo aportará un gramo de cordura a una especie que parece haber decidido, en algún lugar impreciso de su asombroso cerebro, acabar con esta aventura de un pensamiento que se pregunta sobre el origen, el sentido y el destino de la vida.

Tomado del Diario Peru.21. Abril 2010

miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Dónde estás corazón?



La luna cae. Igual que mi pesadumbre cada noche, cada que dormir es la norma y que me veo tan solo. Con la computadora como única compañera a la que puedo querer sin reproches. No importa si es hermosa pero le falta derriere, si sus piernas son flacas o sus glúteos flácidos, que si es bella pero su cerebro está vacio, que si es grosera, que si es muy alocada… Eso no cabe en los contextos de una laptop marcha Toshiba. Nunca reclama y cubre todas mis necesidades. Y por eso nos entendemos tan bien.

Entonces, dónde estarás?, dónde pernoctas tú, mi perpetua doncella?, en el Himalaya? , en una profunda cueva del bosque del Amazonas?, en un frio departamento de Miami?, quizá te cobijas en la risa tierna de una trabajadora de Oeschele o la mirada escondida de una pelirroja gimnasta?, dormitarás en las cálidas playas del Caribe colombiano a estas horas? o haras footing en un colorido parque de Madrid? Donde estas corazón? … no, eso no… tanto buscar y tanto fracasar no… no puede ser… en las nebulosas de mi confundido pensamiento… no… de allí no puedo rescatarte…

sábado, 6 de marzo de 2010

No te pierdas, sociedad



Escribía ayer sobre los mundos aparentemente paralelos entre los cuales discurre nuestra existencia. Felizmente, no todo es angustia medioambiental, espanto real o mediático o estupidez farandulera. Tampoco montaje político para hacernos sentir que no ocurre nada importante, que las dudas y los temores los fabrica nuestra imaginación, que se solaza en jugarnos una mala pasada. El presente inmediato es la única medicina destinada a evitar el desgaste que suelen producir los fantasmas que nos acechan. Ese presente nos suele alejar de los escenarios necrófilos y nos ofrece espacios para festejar la vida. Hacerlo no evitará el futuro, pero rescatará, al menos, valores que nos muestren que no somos –como decía Malraux– un “triste montón de mentiras”. Que nos muestre, además, que a pesar de todo sigue habiendo gestos y conductas que nos reconcilian con lo mejor de los seres humanos. Lo veo a diario cuando realmente lo quiero ver.

Pero, cuando la rabia me ciega, pierdo la batalla frente a la estupidez. Y ese es el desafío: no dejar que nos arrastren, no permitir que nos conviertan en bolsas vacías ávidas de consumo y menos, mucho menos, en zombis que han entregado a otros la responsabilidad de pensar por ellos y de hacer que sean esos sustitutos de nuestra personalidad profunda los que determinan nuestro estado de ánimo. Allí es cuando nos quiebran. Allí es cuando nos preguntamos si vale la pena seguir oponiendo la esperanza ante la corrupción, ante la amoralidad, ante el desprecio por el prójimo y ante la muerte disfrazada detrás de las marquesinas de aparente bienestar y opulencia que la ocultan.

Perder la batalla es dejar de asumir que el sentido de nuestra existencia es el que nosotros decidamos que sea. Creer y apostar por la vida como una oportunidad única e irrepetible debe ser la constante de quienes así lo sienten. Permitir que nos birlen ese único e invalorable tesoro es entregar nuestras armas al enemigo, el mismo que nos quiere escépticos, indiferentes, aturdidos, embrollados, ofuscados, confundidos, obsesionados por los espejos de colores, satisfechos por la nada que nos rodea, intoxicados de mentiras, ávidos de novedades que nos impidan mirarnos de frente al espejo; en suma, ajenos y extraviados de nosotros mismos, sin saber quiénes somos ni dónde buscarnos.

Ese es el ideal que plantea la delirante sociedad de consumo. Un ideal donde todo va mejor con la bebida de moda, con el carro del momento y con la última distracción tecnológica al alcance de la mano. Somos en la medida que vivimos en función de esos productos o en función de los productos que pronto los reemplazarán. Si eso somos, ¿en qué nos convertimos cuando los espejos de colores desaparecen? En nada, simplemente en nada.

Cambiar nuestra libertad por esa alienación es pulverizar las inmensas potencialidades de nuestro cerebro y anticipar la nada a la que quizá, fatalmente, estemos destinados.


Notable artículo. Tomado del diario Peru21